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Clausuramos la Feria del Libro de Sevilla y la Feria del Libro de Cádiz y, aunque ya estuvimos en las anteriores ediciones, las de este año suponen para nosotros el arranque de un proyecto que pisa el pedal del acelerador para no frenar, si acaso pulsar el embrague para cambiar de marcha cuantas veces haga falta y las circunstancias lo requieran, pero sin parar el motor que nos mueve y que no es otro que construir un puente sólido y próspero entre los autores andaluces y el amplio horizonte de las casas editoriales.

Han sido dos ferias repletas de eventos y encuentros irrepetibles marcados por momentos que serán ya inolvidables. Hemos tenido la suerte de presenciar charlas y encuentros; por un lado, con autores que a través sus obras han ensalzado el arte de la literatura dejando con la tinta de sus plumas huella imborrable en la historia; y por otro, con autores que están empezando a ser voces  imprescindibles del siglo XXI, y que están llamados a marcar las pautas de la nueva literatura. Todos ellos son escritores andaluces, que con su talento han aportado y están aportando cosas importantes al mundo literario.

Del primer grupo, hablamos de autores que a día de hoy significan bastiones de nuestra literatura y, aunque pertenecen a generaciones anteriores, siguen dando que hablar mediante sus escritos e intervenciones públicas con las que nos enriquecen. Entre ellos, los narraluces Antonio Rodríguez Almodóvar, Julio Manuel de la Rosa, Jose María Vaz de Soto; los escritores de la generación posnovísima o de los ochenta como Felipe Benítez Reyes y Luis García Montero; y otros autores de diversa índole y con una reputada trayectoría como Jesús Maeso de la Torre y Ángel Torres Quesada.

Del segundo grupo, nos referimos a escritores cuyos nombres ya se encuentran dentro de la caja de resonancia del panorama de la nueva era literaria, como por ejemplo Jesús Carrasco, Sara Mesa, Pablo Gutiérrez, o Víctor del Árbol.

Ha resultado sumamente interesante apreciar lo que cada uno proyecta en función de su época, la confrontación de visiones y reflexiones entre las distintas generaciones en torno a dos aspectos sumamente sugerentes: por un lado, la disquisición sobre su tiempo, las circunstancias vitales que les han acompañado a lo largo de su travesía como literatos,  y cómo les ha influido personalmente y en su faceta como escritores. Por otro lado, el devenir del sector y la industria editorial, sobre cómo perciben y afrontan esos cambios los autores de las unas y las otras generaciones.

Cada cual es presa de su contexto temporal y dentro del mismo ha de enfrentarse a las vicisitudes que acontecen en él, e ir arrastrando toda esa suerte de signos que le son propios. Nadie es ajeno a esto, ya que de otro modo seríamos seres atemporales y asépticos, libres del mazo que golpea nuestra secuencia vital.

Y si hablamos del primer grupo de escritores, todos ellos pertenecen a otras generaciones literarias y hay que agradecer a la sabia Fortuna que nos conceda disfrutar aún de ellos en el plano de la creación y del debate. Por eso queremos resaltar aquellos lugares comunes que estos escritores tienen, y en los que salvo algunas diferencias ópticas, la mayoría coinciden y así nos lo han transmitido, lo cual siempre da lugar para la reflexión.

Los narraluces, nos brindaron una trepidante mesa redonda dedicada a hablar sobre ese supuesto movimiento literario de los años 60 y 70 que fue la nueva narrativa andaluza del cual ellos formaron parte, junto con escritores de la talla de Caballero Bonald, Fernando Quiñones, Alfonos Grosso, o Luis Berenguer. Los tres coincidían en el diagnóstico manifestando sus dudas en torno a la existencia de una generación o corriente literaria como tal y argumentando que más que un movimiento que uniera a escritores que aportaran de forma común algo nuevo en el terreno literario, fue una operación de marketing o comercial urdida por las editoriales para vender libros. Para reforzar este argumento, se apoyaban en la idea de que la labor de un escritor siempre ha sido individual y solitaria, y que por esto el escritor no precisa de movimientos que le agrupen para crear nada. En palabras de Jose María Vaz de Soto “El oficio de escritor se desempeña de forma individual, ya que cada individuo es libre a la hora de crear su propio imaginario”.

narralucesEl escritor de Paymogo (Huelva) también se mojaba con respecto a los nuevos escenarios  criticando la fiebre de las editoriales por vender a toda costa y declarando que estamos ante una situación en la que prima el negocio antes que la literatura y donde los textos facilones y superficiales están por encima de la calidad literaria. La presentadora del evento y directora del Centro de Estudios Andaluces, Mercedes de Pablos, discrepaba en este punto sosteniendo que justo ahora estábamos en el momento en el cual nunca hubo más calidad, además de diversas índoles, ya que existen infinidad de pequeñas editoriales que se dedican a publicar alta literatura, de todo tipo y en todos los fomatos posibles.

 

En una generación posterior a la de los narraluces, los escritores Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes, figuras literarias ya del territorio patrio, nos ofrecieron un excitante diálogo sobre el trasfondo de sus libros y de sus nuevas obras ‘Balada en la muerte de la poesía’ y ‘El azar y viceversa’ respectivamente, que se vuelven a tocar muy de cerca debido también a esos lugares comunes por los que ambos transitan, que no son sino la misma la música de fondo que sonorizó a una generación que abrigó a numerosos poetas, de los cuales podemos destacar a Blanca Andreu, Julio Llamazares, Ana Rosetti, o Andrés Trapiello.

Estos autores están marcados por los períodos del tardofranquismo y la Transición Española e influyen decisivamente en sus textos. Tanto Luis García Montero como Felipe Benítez Reyes nos hablaron de sus libros y de literatura, y nos sedujeron con sus palabras y el contenidos de las mismas. Podemos extraer cosas que nos gustaron mucho de este encuentro, tales como la admiración y el apoyo incondicional que se profesan y que manifestaron varias veces; que ambos se habían visto reflejados en los libros de cada uno; y algo muy significativo que declaró Luis García Montero y que muestra que son autores de una pasta diferente, anacrónicos en este mundo editorial actual, voraz y eminentemente consumista. Aludió a la honestidad de Felipe Benítez Reyes como creador cuando entre chascarrillos amistosos se chanceaba de su amigo por haber tardado siete años en publicar su nueva novela. Alabó la integridad de su compañero esgrimiendo que con ello demostraba el enorme respeto que Felipe siente por la literatura y por los lectores, ya que con su nombre sería muy sencillo publicar cualquier cosa, en menos tiempo, y quizá vender más. Luis quiso hacer hincapié en que aún quedan autores que se toman su trabajo en serio y que prefieren dedicarse su tiempo para dar a luz una buena obra a someterse a los dictados del mercado, que para él es la vía fácil.

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Para nosotros, los dos se sitúan en el mismo escalafón moral, pues Luis García Montero con su ‘Balada en la Muerte de la poesía’ ha vuelto tras cuatro años, lo que supone un margen que igualmente demuestra esa consideración hacia el arte, que en estos tiempos se ve tan poco. Esto, unido al resultado de las dos últimas obras de ambos no hace sino confirmar que a día de hoy son rara avis en un mundo literario cada vez más programado, pues mantienen una coherencia artítisca que dignifica su oficio y entraña una forma de rebelación ante el ritmo que impone el frenético mercado editorial actual.

En cuanto a los escritores que representan la nueva ola y que están llamados a ser los que configuren los nuevos códigos, han nacido en otro escenario editorial muy distinto al de sus compañeros predecedores y están destinados a crecer en él. Apenas se les oye hablar del publishing business y de la industria; será porque su breve trayectoría aún no les ha concedido esta licencia. No osbtante, sí es bastante común en ellos trabajar sobre el tema de la infancia y el contexto social donde se criaron, que se observa desde una perspectiva corta, pero no menos interesante. Autores como el onubense Pablo Gutiérrez y la sevillana Sara Mesa, te retrotraen inexorablemente a esos primeros años de la democracia aún rozados por el halo del Franquismo, donde con acierto atinan a plasmar a través de sus recuerdos aquella realidad que les tocó vivir en su infancia y niñez. El autor Jesús Carrasco, por otra parte, encuentra en la tierra y en la vuelta a las raíces más puras el sentido de la realidad.

En un acto dedicado al último libro de Sara Mesa ‘Mala letra’ y organizado por la Fundación Carlos Edmundo de Ory, Pablo Gutiérrez hizo una presentación magistral del mismo, el cual fue tornándose gradualmente en una exposición conjunta de la obra y experiencia de los dos talentosos autores. Pablo, por un lado, recordaba los duros años de la droga en el barrio donde creció en Huelva y contaba cómo esa lacra, que llenó de imágenes desoladoras el paisaje de su niñez, le había marcado a la hora de escribir, y apuntaba que todavía no se había escrito lo suficiente sobre esa época vaticinando que era algo que estaba por llegar. Sara, por su parte, al igual que hace con sus textos, nos introdujo en su atmósfera íntima para conducirnos a la interioridad de los once cuentos que componen ‘Mala letra’ desgranando algunos de ellos y dedicándole la mayor parte al que da nombre al libro. Con la descripción de este relato, la autora se “desnudaba” ante nosotros para excavar hasta lo más recóndito de su infancia en lo que parece ser su mayor introspección literaria, pues saca a relucir el retrato quizá más personal e intimista registrado hasta ahora. Evocaba a través de él cómo sus maestros le obligaban a escribir recto porque cogía el lápiz torcido y esto, por supuesto, era más que incorrecto en una España en la que las garras de la dictadura seguía muy presente en la educación y el resto de aspectos de la sociedad.

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Tuvimos el honor de asistir a la presentación de la segunda novela de Jesús Carrasco ‘La tierra que pisamos’, también organizada por la Fundación Ory, en la cual nos habló sobre su nueva obra y la de su debut ‘Intemperie’, que le ha catapultado al firmamento literario y con la que ha sido múltiplemente condecorado. Nos embelesó con su disertación sobre la naturaleza y la sensibilidad que mostraba hacia ella, la cual está presente en sus dos libros de forma significativa.

Fue un privilegio asistir a todas las charlas programadas por la Fundación Carlos Edmundo de Ory, a la cual hay que felicitar por la cuidada y acertada selección, así como agradecerle su distinguida aportación a la Feria del Libro de Cádiz con la que certifica su apuesta por la mejor literatura actual.

Nos despedimos de ambas ferias con un grato y alentador sabor de boca, avistando sus próximas ediciones con nuevas ilusiones. Los tiempos van cambiando y con ellos, la sociedad y la literatura, y mientras esta exista siempre habrá ferias del libro, así que, ¡larga vida a ambas!

 

 

 

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